Mercado de Maschwitz

Lejos del Riachuelo pero con reminiscencias de La Boca, esta galería construida con coloridas chapas y maderas, balcones y adoquines, tiene algo de escenografía y viaje en el tiempo. Una puerta de hierro da la bienvenida junto a una verdulería con cajones llenos de manzanas y naranjas donde se abastecen locales y visitantes.

En la planta baja están los restaurantes. Ley Primera salta enseguida a la vista y al olfato, una auténtica parrillada para romper con el mito de que Maschwitz es sinónimo de vegetariano. Tiene los cortes tradicionales de carnes que traen a la mesa con el clásico pingüino lleno hasta el tope del vino de la casa. Dos de sus caballitos de batalla son el ojo de bife con panceta y huevo frito, y el salmón con papas cuña. También sirven buenas pastas, platos al horno de barro y ensaladas, en un salón ambientado con vidrios de colores y maderas, y una extensa galería.
Justo en frente está Cata, mucho más que un puesto de quesos y vinoteca, como ellos mismos se definen. Mezcla de bodegón cool y anticuario, con mesas de los años 50, botellones y tapas de vinilos, presenta una carta variada y estacional con productos frescos que se exhiben en una gran heladera. De día ganan las súper picadas —imperdible la “Cata”, con chorizo seco español, salame a las hierbas, camembert y queso de cabra— y los sándwiches gourmet (el de carne de tacos, philadelphia, tomates y cebollas; el de jamón crudo y brie) que se digieren mejor con un vermouth o un Aperol. A la noche se visten las mesas y se iluminan con muchas velas. Es el turno de la pesca del día (suele ser brótola) y el carré de cerdo con chutney de manzana. Antes, son buena elección las brochettes de langostinos y salmón a la lima y las brusquetas de boquerones que llegan con una copita de jerez de invitación.
A pasos se encuentra Lulú Café, un rinconcito de inspiración francesa ideal para desayunar o tomar el té, que se presta para la charla y la lectura. Es un festín para golosos: hay muffins, tartines y alfajorcitos, todo casero y hecho en el día, pero también tentaciones saladas como scons de queso y huevos revueltos, y una carta de cafés especiales y limonadas.
Al final de la galería aparecen El Zeppelin, heladería y cafetería de platos sencillos como chivitos y hamburguesas, y La Anita, una sucursal del clásico del Bajo San Isidro que vino a ocupar el local del almacén orgánico La Verdolaga, donde se consiguen semillas, aceites y harinas integrales. A los platos vegetarianos les sumó pescados y logró transformar el espacio con esa estética de cantina canchera de manteles a cuadros y banderines. Dentro de la carta figuran unas quesadillas con guacamole, un risotto de calabaza con arroz yamaní, espaguetis con salmón, y la pesca del día con rúcula y alcaparras.
Las cocinas étnicas también pidieron pista en el mercado. Primero fue Shukran, pequeño restaurante árabe creado por una familia libanesa donde se puede degustar fatay, hojas de parra rellenas, kebbe y arroz a la persa, para cerrar con un buen café a la turca y odaliscas que bailan entre las mesas.
A principios de 2016 abrió Alto Perú, la segunda aventura barrial de Gonzalo Recalt. Su nombre lo dice todo: ceviches, tiraditos, causas y papas a la huancaína preparados por cocineros peruanos, prometen ser la nueva sensación.

Por Cintia Colangelo

 

FUENTE : lugaresdeviaje.com

 

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